Foto: Pablo Varillas “Neve”

El reciente comunicado de Santi Campos anunciando su retirada indefinida del mundo este de la música, nos ha pillado como quien dice, en medio de una mini-gira acústica con la que el artista parece estar despidiéndose. Sinceramente, su actuación del pasado 20 de junio en el Escenario Santander, no me dio en ningún momento la sensación de alguien que lo está dejando.

Yo creo que Santi quiere que le ayudemos a morir (artísticamente) o por lo menos que le comprendamos. Yo, leyendo el texto y sabiendo lo que piensa, (lo hemos hablado muchas veces), lo puedo llegar a entender. Eso sí, yo no le voy a ayudar ni un pelo. Sí, es puro egoísmo. No quiero tener la desagradable sensación del otro día, una vez acabado el concierto, de no volver a escuchar esas canciones algún día. Tengo los discos, pero hay alguna que no ha salido publicada, auténticas joyas que parecen abocadas a quedar ocultas para siempre. Yo necesito, por lo menos cada cierto tiempo, escuchar a Santi en directo, tener las canciones en ese momento, guardar la exclusividad de esa interpretación puntual, única, esa diferencia.

De nuevo el Escenario Santander se adaptaba para este ciclo “Carrusel” con unas sillas, sofás, lámparas, velas, incluso Dylan sonando en un tocadiscos para recibir a la gente. El objetivo es sentirse como en casa, allí, en medio de una nave y arriba del escenario principal, con la cercanía de los sitios chicos pero sin la claustrofobia de los bares cerrados. Es una curiosa mezcla, pero la gente está muy cómoda, el artista encantado. Antes de la actuación tiraba fotos a su “rincón”, una acústica apoyada en un gran sillón, varios folios con las letras de las canciones en forma de abanico, tirados encima de una alfombra, y la cadena con el Infidels de Dylan y el Museo de Reproducciones de Amigos imaginarios. Unas pocas velas y algún detalle más. “Nunca he tocado en un sitio así” decía con regocijo el cantante. Bajando un poco los focos aquello tenía un punto perfecto. Casi para que las parejas se metan mano.


Foto: Santi Campos

Con este formato, (ni siquiera una Ester para apoyar en alguna canción), Santi se desnuda totalmente, lo enseña todo, todo lo que quiere, claro está. Se pueden elegir canciones pero si la elección no le gusta, esa no la toca. Pero al final, es un streptease musical en toda la regla. El azar quiso que me sentara en primera fila, a mí me da cierto pudor ver a alguien tan cerca, exponiendo tanto, siendo tan generoso, me siento como cuando iba a las duchas del camping del FIB y enfrente las chicas se mojaban con el pecho al aire. Puedes mirar pero no miras. Al poco de la actuación, fuera vergüenzas y el pensamiento es “qué suerte paladear esto tan metido dentro”. Además, ¡qué coño!, con Santi hay buen rollo y confianza. Conmigo siempre se ha portado cojonudamente. En cualquier caso, cualquier sitio era un sitio privilegiado para verlo, allí no había distancias.

El músico comienza con De qué sirve y nada más acabar la canción se lamenta por abrir con una que no tiene tan controlada y confirma haberse equivocado en un trozo. (Autoexigencia). Si no lo cuenta no se entera ni el Tato (Sinceridad). Conforme avanzan las canciones, él las va presentando, es bueno saber también de dónde salen las ideas. Muchas veces quiere correr mucho y anticipa lo que va a cantar dentro de un rato o se niega a cantar Limpio y nuevo y luego la acaba haciendo en una estupenda versión con armónica (Inseguridad, contradicción). Así va desgranando piezas de todos sus discos, incluyendo su etapa previa a Amigos Imaginarios y varias composiciones inéditas, que por unos motivos u otros no han visto la luz. Desde el sillón, de pie, con micro o sin él, incluso a pie de público totalmente a pelo un Maestro de Houdini (una de las que le pedí). Controlando el espacio, haciendo el diagnóstico preciso de cómo tocar cada canción, sobre la marcha, según lo que le pide el cuerpo. Siento de nuevo que las canciones respiran, están vivas. Se las puede casi tocar, con sus pausas, sus subidas, sus finales. Santi las moldea como piezas de barro, es parte de su vida, nos la está contando. Cleopatra, Reina de África, otra vez maravillosa. Ahora la canta con otro gesto, parece que la herida ha cicatrizado. Manual de autoayuda me sigue sonando como una nana, se puede escuchar con los ojos cerrados, Santi también los cierra a veces, cuando no, sus ojos emocionados nos miran y se ríe empachado de alegría mientras canta. Supongo que al comprobar el silencio, el respeto de los presentes. Está muy cómodo pero anuncia “habrá que acabar” (Contradicción, de nuevo)

Ver un concierto así, de alguien así, aparte de las canciones como tal, de esa oscuridad y belleza de unos textos maravillosos, es ver también a la persona, al músico y sus circunstancias, es ver cómo se desangra, como sufre, como perdona, como quiere pasar página… todo es y parece real, imperfecto, lejos del diseño, los números o la ciencia, aquí sólo falta el diván y el Manual de autoayuda no es sólo una canción, es todo el cancionero. (Diría sin temor a equivocarme, que es uno de los mejores compositores nacionales)

El hombre cometa quiere volar libre, se siente limpio y nuevo, creo que tiene la sensación que la llama se apaga como la mecha de las velas que rodeaban al tocadiscos. Sabe que tiene un público reducido pero fiel, pero eso no le quita una idea de la cabeza. “Si no somos más conocidos es porque no somos tan buenos como tú te crees”. No creo que sea tema de dinero, ni de reconocimiento, creo que lo mismo las canciones ya no hacen su función terapéutica, o al final de tantos años uno se vuelve reflexivo y dice “En realidad, esto… ¿le interesa a alguien?” Puede que sea madurez, una nueva etapa, sólo espero que sea pasajero, que al estilo Guardiola, necesite dejarlo un tiempo, para crear las ganas otra vez. Entiendo que perder un talento así, sería muy difícil de encajar.


Foto: Roberto Palacios “Robreto”

Para los bises, Santi me coge el último cigarro y pide disculpas al público por esa licencia, verdaderamente que se siente como en casa, toca la penúltima y un segundo después de una tanda de risas, cambia el gesto y dice solemne “esta canción es muy seria, lo digo de verdad, está dedicada a una persona que sufre Alzheimer prematuro”. (Tobogán de emociones). Un “dramas” como él se califica, tenía que acabar así su concierto. Un homenaje delicado y sincero para esta persona, una canción de las que manchan, de las que queman, realmente certera. Es muy difícil tocar según qué temas sin ser pedante, invasivo, inoportuno. Pues la canción es un prodigio de sutileza, proporción y respeto. Realmente emocionante para cualquiera que haya conocido a alguna persona con esa enfermedad. Mientras daba las últimas embestidas a la armónica, rasgando con fuerza su acústica me vino Neil Young a la cabeza, su adorado Neil, mucho más que Dylan…

Me sentí de nuevo, husmeando en diario ajeno, y de nuevo otra vez, me volví a preguntar y me preguntaré mil veces “¿Qué hace alguien tan brillante cantando para 20 personas?” ¿Cómo puede alguien así cogerse el coche y hacerse unas cuantas ciudades por cantidades ínfimas? Es el músico de cuna, de vocación, espero que no la esté perdiendo. Si no vuelve a subirse a esta rueda tendré que invitarle a casa para que me cante unas canciones, pero no puedo dejarlo morir así como así. Y luego todos los festivales de España contratando año tras años el mismo lote de grupos. (Circuito cerrado). ¡No hay derecho!

Texto: Santiago V. M.

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