El pasado domingo 11 de marzo, la sala BNS de Santander recibía a uno de los miembros fundadores de la banda Dr. Feelgood, uno de los guitarristas ingleses con más solera, un mito vivo que sigue repartiendo su música por pequeños locales, Wilko Johnson.

Badini Producciones llevaba tras sus huesos desde los tiempos de Iraultza. Con gente que se ha bebido la vida a grandes tragos y tienen ya cierta edad, siempre existe riesgo. A Nikki Sudden lo vimos por los pelos, en estos casos nunca se sabe si volverá a pasar el tren. La otra noche, durante una jugosa pero escasa hora y cuarto, el veterano músico dio una clase maestra y resumida del mejor Rythm & Blues.

Seguramente no era la sala ideal para disfrutar del todo de este estilo. Hay músicas que respiran mejor en determinados lugares, hay sitios más oscuros, más genuinos y también más indecentes que la sala BNS para escuchar rock callejero y nocturno. Está claro que todavía no tenemos tantas cartas como para estar a esos detalles. Nos conformamos con tener a los artistas y con que suene bien, y el Buenas Noches Santander suena muy bien.

Wilko Johnson vino unicamente acompañado de Norman Watt-Roy, un excelente bajista inglés que ha girado y grabado entre otros con Ian Dury & The Blockheads o The Clash y Monti (The Blockheads), un batería que ha formado parte de Curve y The Jesús and Mary Chain. ¡Como se nota cuando encima del escenario hay músicos de gran bagaje!.

En esta ocasión el bajo, un instrumento de acompañamiento, brilló con la misma fuerza que el mismísimo protagonista de la noche. Los dedos de Norman, eran la prolongación exacta de cabeza y corazón. Durante el concierto hubo varias secuencias en las que la locomotora deceleraba, el trío colgaba la música en el alambre, la noción del tiempo parecía perderse durante esos momentos… ponían al espectador al borde del abismo, nuestros sentidos como la pértiga del funambulista, agarrados por la música, subiendo los latidos cada vez que mirábamos abajo. Poco a poco iban subiendo las revoluciones, ¡más madera!, el ferrocarril comienza a echar humo, nos llevan a toda máquina, Wilko empieza con su particular ajetreo de convulsiones eléctricas, levanta las cejas, los ojos se salen de las órbitas, sus pies resbalan de lado a lado, saca el sonido hasta del último movimiento de su cuerpo, guitarra y persona se funden en uno. Su presencia se hace amenazante, su clavijero roza alguna cabeza, el músico elige, apunta y dispara ráfagas y ráfagas de blues desde su preciosa Telecaster negra con golpeador rojo. La gente que instantes antes tenía un nudo en la gargantas, una vez liberados del mismo, bailan, gritan, silban, dan vueltas… El público era de lo más variopinto, no recuerdo una tocata con un abanico de gente tan diferente.

El discurrir de las canciones iba dejando claro que la posibilidad de variables iban a ser mínimas, música de negros tocada por blancos, algún eco fronterizo pero poco más. Eso sí, Wilko toca sin pua y eso supone un

Sobre la hora y diez el trío decidió que no iba a aprovechar el calor de un público entregado desde hacía rato. Se fueron brevemente, volvieron a subir pero no para quedarse mucho más. Entre la esperanza y la realidad sonó el Wooly Bully de Sam The Sham and The Pharaohs.

No dio para más, el grupo bajó, la gente silbó y aplaudió, pero la música de la sala nos colocó de nuevo en la tierra. Durante más de una hora regresé a los quince años, cuando escuchaba habitualmente blues, grupos de guitarras, música de los 60 y 70. En mi cabeza se refrescaban los Dr Feelgood, Johnny Winter, Ten Years After, Elmore James, Buddy Guy, Chuck Berry, The Rolling Stones, The Yarbirds… y tantos y tantos grupos que comencé a escuchar cuando era más joven.
Los músicos se esfumaron sin hacer ruido, casi como fantasmas, su espíritu perdurará largo tiempo.

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