Aprovechando el puente de la constitución, el festival CUVA (cultura de vanguardia) celebraba su segunda edición en el Palacio de Festivales de Santander. La meteorología no invitaba a desplazarse a los de fuera, pero para los de aquí era una buena oportunidad de llenar el tiempo libre con una buena propuesta de ocio para días grises y lluviosos. Estábamos al resguardo de cualquier inclemencia y al cobijo de diversos estilos musicales de artistas locales, nacionales y extranjeros.

Para los devoradores insaciables también había un ciclo de cine, charlas y djs antes, durante, y después de las actuaciones. Josh Rouse, Low y John Cale eran los cabezas de cartel. La cita reúne todos los alicientes, pleno centro de la ciudad, unas buenas instalaciones, días de fiesta, artistas reconocidos y nuevas promesas… etc. Puede resultar tentador, yo creo que es tentador, entonces… ¿por qué sigue sin ir la gente suficiente? El bono eran cincuenta euros, por todo lo que ofrecen yo diría que es un precio ajustado… Puede que haya demasiada oferta ahora mismo. Hace años nos quejábamos de no tener nada, ahora estamos disfrutando de días de vino y rosas, seguramente el mercado esté muy saturado. El viernes hubo una entrada muy floja, sábado casi lleno y el domingo algo menos que el sábado. Estoy seguro que hace seis años hubiera llenado los tres días, pero es que entonces, estábamos ávidos de buenos conciertos por aquí.

El nivel de las actuaciones, y la organización del evento me ha parecido claramente superior a la primera edición. No ha habido grandes desastres y si varias actuaciones notables. La prueba de ello es que el año pasado se sabía perfectamente que había sido lo mejor y lo peor del festival. Este año cada uno tiene sus favoritos y casi nadie ha sufrido grandes decepciones. El resultado ha sido más regular y homogéneo, los artistas han subido la nota del pasado CUVA. El cumplimiento de horarios ha sido escrupuloso, no daba tiempo ni a tomar una cerveza… así pues nunca salimos más tarde de la una de la madrugada. El sonido y la iluminación rayó a gran altura… es verdad que hacía calor y que entre butacas no hay excesivo espacio pero son detalles secundarios. La pregunta es, esta segunda edición ¿supondrá el asentamiento definitivo del festival? ¿Lo dejarán crecer más o la impaciencia lo borrará de nuestra ciudad al igual que pasó con el Tanned Tin o el SSF?… Esperaremos con impaciencia.

El viernes 5, The Rebel Orthodontics comenzaban el festival. El dúo cántabro formado por padre e hija hacen con guitarra y batería microcanciones de no más de un minuto y microconciertos de un cuarto de hora. A mi me parecieron el grupo de los continuos “coitus interruptus” y este ha sido mi microcomentario sobre la banda.

Los vizcaínos Le Noise son todo lo contrario, canciones trabajadas, llenas de aristas y de sonidos diversos. Ocho músicos al mando. Trompetas, xilofón, violines, hasta tres guitarras Gretsch y una Jaguar llegué a ver, bajo, teclados y batería. En mi opinión, la gran sorpresa del CUVA 08. Me fui de viaje varias veces mientras los escuchaba, me trasportaban, me llevaban a otros mundos, yo me dejaba hacer, y me gustaba lo que me hacían. Me recordaban a Calexico, Tindersticks o a los estatales Migala. Músicos intentando siempre el salto mortal, canciones de largo recorrido, pequeñas bandas sonoras que consiguieron remover algo dentro de mi. No sabía lo que iba a ver y salí noqueado. Lo disfruté muchísimo. Si bien todavía les falta mucho camino, veo materia prima para hacer cosas muy interesantes.

The Gorgeous Colours desde Irlanda, dieron un concierto tan variado como inconsistente, con claros y sombras, con momentos espectaculares y otros ramplones. El abanico era tan amplio que parecía un grupo diferente en cada canción. Podían ser los Kings of leon o Mando Diao, pero también podían ser Pulp, los Stones de la época funky… Solo llevan tres años pero bien harían en dar más coherencia a su sonido. Lo cierto es que tuvieron sus momentos.

Josh Rouse cerraba la noche, venía sin banda. En el centro del escenario, una pequeña figura metida en un elegante traje salía sin ningún complejo. Solo su acústica, su voz y la armónica en algún momento. Puede parecer poco, pero en este caso es demasiado. Lleva las canciones por dónde le da la gana y canta de manera espectacular. Le salen las melodías más fácil que las ocasiones de gol al Barça, rebosa musicalidad y clase. Josh silenció a todo el público, llenó toda la sala Pereda con el maravilloso sonido de su voz, la quitó todas las telarañas, nos hizo reír (cantando en un castellano cercano a la chirigota) y también nos emocionó hasta el límite. La primera en la frente, Sunshine… después, 1972, Comeback, It’s the nightime, Sweetie, Sad Eyes… etc, etc. Como diría un amigo mío, “con buena picha bien se folla” y es que el repertorio de canciones que tiene el artista americano afincado en Altea es demoledor. Acabó saliendo a los medios, repartiendo entre los pasillos de la sala un Love Vibration sin amplificación de ningún tipo, con la inestimable colaboración de palmas y coros de los allí presentes. Las caras de felicidad del personal lo decían todo.

El sábado 6 empezaba con los enérgicos Estereotypo demostrando una vez más que van a por todas. Es cierto que utilizan mucho material grabado, pero siendo tres se puede perdonar. A pesar de no pegar mucho en un salón plagado de butacas lo pasaron y pasamos cojonudamente, y como mínimo, muchos cabeceamos en nuestros asientos.

The Secret Society vinieron con formato de dúo, con lo mínimo. Javier Vigente del grupo Big City manejaba guitarra eléctrica, still guitar y teclado y Pepo Marquez se encargaba de voz y guitarras. Desde ese reducido margen de maniobra encararon la actuación con un Pepo cercano y locuaz con la gente. (Incluso tuvo un pequeño pique con alguien que se hacía notar siempre entre canciones). El cantautor toreó bien la situación y aprovechó para desengrasar un poco una actuación que fue de menos a más. Yo pasé de un cierto aburrimiento en sus primeros temas al convencimiento total con la última joya que nos regalaron, uno de los momentos del CUVA.

El Columpio Asesino no dejó indiferente a nadie. Parece que los amas o los odias. Era la novena vez que los veía y cada vez me gustan más. Les voy viendo la evolución, cómo se acercan cada día más a tener una identidad propia. Tienen mucha personalidad y eso se nota. Son capaces de sonar a punk, a electrónica, a pop, todo salpicado con pinceladas de música fronteriza o ecos sonoros de la España más cañí, (pañuelo y castañuelas incluido). Esa amalgama lejos de ser un churro los hace un grupo bastante curioso. Son crudos y directos, son profundos y violentos, a veces espectrales y misteriosos… para mi, arrebatadores.

Low dio paso a una preciosa ceremonia de voces celestiales, cristalinas, de palabras claras que gotean cadenciosas en tu cabeza, como una agradable tortura, envueltas en un encanto tan simple y natural que es imposible ver el peligro. Cuando te quieres dar cuenta, estás rendido a esa majestuosa emboscada de cantos siameses. Alan Sparhawk y su mujer Mimi Parker funden sus voces con tal precisión que parece difícil imaginarse una discusión en sus vidas reales. En este caso menos es más y cualquier cosa que se saliera de su propuesta mínima y delicada, seguro que la enfangaría. Simplemente con unos pellizcos de guitarra, las notas de un bajo marcando el paso y una caja casi acariciada, es suficiente para sostener la triste tonada que baila entre las gargantas del matrimonio. Puede que se hiciera un pelín largo para ser el último concierto y tratarse de un sonido algo lineal. En los bises atendieron las peticiones con una recortada Don’t understand y Dinosaur act. Antes de eso hablaron de la belleza de la ciudad y de la fuerza de nuestro mar. Parece que les inspiró una buena noche.

El domingo 7 el grupo Varsovia reverdecía laureles veinte años después. El cuarteto fue uno de los representantes de la movida cántabra y hace poco se editó un cd recopilando a varios grupos de esa época. Se sentía el afecto de los amigos. Momentos para la nostalgia, y algo que me recordaba a los primeros Radio Futura. El aroma de la música de los ochenta en temas como “En alas del deseo” o “El fantasma de la ópera”. No se entiende muy bien esta revisión en un festival supuestamente de Vanguardia pero bueno, tampoco me tomo muy en serio la nomenclatura del evento. Algo hay que poner.

Sister además de disfrutar de muy poco tiempo, me parecieron totalmente inocuos, parecía que sí pero no. Mucho tupé, tacones y pantalones pitillo pero poco contenido. Posturas para fotos, música sin demasiada chicha. Podían recordar a Pretenders pero estaban muy lejos. ¡Ojo!, hubo a quien le gustaron mucho, yo solo doy mi opinión.

Josh Ritter, al igual que Josh Rouse, también vino sin banda, lo que pasa es que creo que no se aguanta la comparación, pero bueno, puede ser cosa mía también. Este sonó más tradicional, más folk, country. Se ganó a toda la audiencia con su agradecimiento infinito y su perenne sonrisa. En algún momento cantó sin micro y una vez incluso a oscuras. Seguro que acompañado de una banda el resultado final hubiese sido menos monótono y seguro hubiera caído Right Moves.

Antes de que John Cale saliera a escena, un miembro de la organización avisaba del peligro de que sonara un móvil o saltara algún flash. En ese momento se acabaría la actuación. Una vez se retiró el mensajero del terror, John Cale y su banda pusieron el broche perfecto a esta segunda edición del festival. Este si que va por delante de los demás. A sus sesenta y seis años sigue marcando el camino, haciendo música sin mirar al resto, el resto le sigue mirando a él. Esto es versatilidad y lo demás tonterías, “hago lo que quiero y cómo quiero”. Estaba otra vez en pocos meses delante del cofundador de la Velvet Underground, a escasos metros, historia viva de la música que dando conciertos como el otro día, no puede más que seguir aumentando su leyenda. Experimentación, rock marciano, no se cómo definirlo. Cuatro músicos ejecutando un show contundente, intachaple, “perfect” como dice su canción. Sold Motel, Wasteland, Paris 1919 o Things, alguna de las perlas que dejó el artista galés. Por no hablar de la banda que le acompañaba, especialmente el batería Michale Jerome que toca de manera prodigiosa. Con Pablo Picasso casi echan abajo el Palacio, ¡Qué descarga sonora!. Más de diez minutos de rock adulto, vigoroso y sin fisuras, de auténtico escándalo.

Fotos: Roberto Ortiz
Texto: Santiago V.M.

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