El pasado sábado 22 de noviembre el grupo americano Royal Crown Revue visitaba la Tropicana de Santoña. Sala que por cierto, cada vez está más guapa. Según entramos, una gran cortina acota el recinto a la mitad más o menos. El efecto perfecto, estamos más recogidos y el sitio ya no parece tan frío. Hay una mini barra nueva a la entrada y la otra está cambiada. El escenario lo han hecho más grande, lo han sacado hacia delante… por lo que parece, los cambios seguirán. Los siguientes estarán enfocados a mejorar el sonido, pero lo cierto es que el otro día ya sonó cojonudamente.

La banda de Los Ángeles se sube al escenario y empieza a sonar una música que inevitablemente te lleva a otra época, otros lugares y otras vidas. Sonidos guardados en algún lugar de la memoria remota. Evidentemente el cine y la publicidad ha hecho su función y no hace falta ser un fanático del jazz para escuchar ese sonido primitivo y de sabor único y desempolvar los sentidos. Recoger de nuevo esas sensaciones es un placer no habitual.

Los músicos recién salidos de algún club de aquellos cuando la “ley seca”. Elegantes trajes, nucas perfectamente afeitadas, tupés engominados… ¡madre mía!. Si me cuentan que pertenecen a algún grupo mafioso me lo creo. No era muy difícil imaginarlos empuñando una ametralladora… pero no, estos se ocupaban de disparar neoswing del bueno. Trajes y música sin una sola arruga, todo impoluto, perfecto. Cuando ves a grupos así, parece que todos los demás no saben tocar. Estos juegan en otra liga. Sobre las tablas, batería, guitarra eléctrica, contrabajo, saxo tenor, saxo alto, trompeta. Una sonora banda, haciendo la mejor de las bandas sonoras… La capitanía corresponde a Eddie Nichols. Canta mientras se contonea, dibuja siluetas femeninas con sus manos, hace que fuma un cigarro, pasa con un pañuelo el sudor de su colega, Mando Dorame… Maneja perfectamente los tiempos, sabe ganarse al público. R.C.R. salpimenta entre sus composiciones algún clásico como Fever o Brazil… Cuando interpretan Hey Pachuco, tema conocido por salir en la película “La Máscara”, cada miembro hace un solo que confirma un poco más que los mozos no se andan con tonterías.

Mención especial para el batería, Daniel Glass. Repasó su instrumento golpeando desde todos los ángulos, con todas las intensidades y variando el ritmo según le viniera en gana, frenando y acelerando sin pisar freno ni acelerador, simplemente magia. Molinillos del derecho, del revés, a mano cruzada, cortando el golpe, chasqueando bien el Chaston, sacando el mejor brillo de los platos… todo ello perfectamente cuadrado de hombros, sin mover más que las muñecas y empuñando las baquetas como los chinos cogen sus palillos. Ver a un batería de jazz es de las cosas más alucinantes que puede haber en la vida, lo tengo claro. Por si fuera poco Daniel salió al pie de micro a seguir haciendo ritmos alucinantes simplemente golpeando sus dos baquetas, como con eso no era suficiente siguió haciéndolos en el contrabajo… bueno, si no se ve, no se puede explicar.

Aquello acabó con “El Toro”, una canción con claro acento hispano y en la que Nichols parecía un púgil golpeando al aire antes del combate. Estaba rabioso y nos quería dar dónde le habíamos pedido. Ya solo hubiese faltado “Paquito el chocolatero”. Después de la actuación los músicos mezclándose con la gente y dando la mano, como no, una por debajo y otra por encima. La “familia” es la familia.

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