* Manel en plena faena con Peloto.

Entrar en el Factory, sentarse en una butaca… Un señor demasiado mayor para estar en la barra, pero joven de aspecto y de espíritu, pregunta detrás de sus gafas de pasta con una voz llena de serrín… ¿QUÉ OS PONGO MUCHACHOS?

Manel ha fallecido el pasado fin de semana. Se ha ido pero su recuerdo está más presente que nunca. Desde que supe la noticia no puedo parar de revivir todas las horas que hemos pasado juntos en su bar. Han sido muchos años, yo diría que unos quince, muchas noches, muchos tragos, miles de conversaciones y un montón de risas…

Manuel Cuenca Navas era el dueño de El Factory (Calle San Simón) y también confidente y gacetillero. Acabó siendo un amigo porque aquello no era solo ir al bar, era pasar ahí la noche entera, y noche tras noche, casi media vida…

Recuerdo que mis visitas comenzaban asomándome cuando todavía estaba la verja a media altura, él acabando de colocar/limpiar las cosas o simplemente haciendo los crucigramas. Entonces yo entraba y quedábamos mano a mano hablando de lo divino y de lo humano. Daba tiempo a todo porque había muchas horas por delante y la gente iba llegando con cuentagotas. Según iban sumándose, se abría el debate a diferentes opiniones. El trayecto de ese viaje iba de las nueve de la noche hasta las tres o cuatro de la mañana. Siete u ocho horas sin parar, sin salir de allí, sin explorar otros bares. Atrincherado de principio a fin como el torero que se encierra con seis victorinos. Muchas veces bajando solo al bar por no querer seguir la hoja de ruta de mis amistades, que buscaban otras zonas, otro tipo de locales.

El Factory no era un bar de esos de ir a ligar, allí se iba a escuchar música, a hablar y a aprender. Además se daba un hecho que parecía extraordinario para la noche de Santander, allí nunca ponían garrafón. The Clash, Bob Dylan, Lou Reed, David Bowie, The Rolling Stones, Led Zeppelin, Creedence Clearwater Revival, The Doors, The Kinks, The Smiths, James, Stone Roses, Kula Shaker, Primal Scream, Teenage Fanclub, Suede, Placebo, Rem, U2, Ryan Adams, The Cure, Violent Femmes, Pixies, Wilco, Deluxe, Surfin’ Bichos, Sexy Sadie, El Columpio Asesino, Nacho Vegas, Manta Ray, La Habitación Roja, We Are Standard, Lazy, etc, etc. Tenía toda la música que amo y además, progresivamente le fui aprovisionando con más cosas. “Manel, ponme una de los tal…”, “Manel, y ahora una de estos otros…” Me acuerdo como si fuese hoy, estar en la esquina de la barra metiéndole la cabeza por el hueco que daba a la mesa de cds, sin darle tregua, como un fusil de repetición pidiendo canciones… Y las ponía, las ponía siempre en lugar de mandarme a tomar por el culo que es lo que me hubiera merecido. Conmigo tenía mucha paciencia. Hasta que empezó a merecer más la pena grabarle recopilatorios para no volverle loco. Y si que los pinchaba, siempre estaba dispuesto a descubrir nuevas recomendaciones.

Por no hablar esa manera tan peculiar que tenía de cambiar el nombre de los grupos… Je, je. Casi siempre acababa diciéndole… “A ver Manel, enséñame el cd que no los conozco” y cuando lo veía escrito no salía de mi asombro. Los conocía de sobra pero no con ese nuevo nombre que él les daba con su particular inglés. Así bautizó mogollón de bandas.


* Aquí uno de los recopilorios, con diseño personalizado y todo.

Él tenía siempre 1000 historias para contar. Sabía las andanzas de todo el mundo. Los que hemos pasado por allí conocemos cómo era… Yo he tenido mucho tiempo para saberlo, y él para saber cómo soy yo porque en muchos ratos, el bar estaba vacío. (Es que también abría entre semana). Si pasabas un miércoles, jueves también le tenías ahí. Todo un currante. Aquello era mucho más que un bar al uso, o un templo musical, era como ir a tumbarte en el diván del psicólogo y empezar a desahogarte. Cada vez que mi mujer me decía “¿Hoy sales otra vez?” yo la contestaba algo así como “No, no salgo, voy al Factory” No tenía la misma consideración que estar de bar en bar haciendo el chuzo, exponiéndome a los peligros de la noche y mezclándome con gente insana o chicas pecaminosas. Era solo ir al Factory y ella sabía de lo que hablo porque también paró conmigo alguna vez. Sabía quién era Manel así que también lo daba por bueno. Como curiosidad diré que muchas veces según llegaba al bar, me entraba el apretón y tenía que ir al baño.(Y eso que acababa de bajar). Mila me decía “Eso es que estás como en casa…”. La verdad es que no encuentro mejor explicación.

Recuerdo cuando nos echaba para cerrar el bar, ayudándole a barrer a la voz de “A mi no se me caen los anillos por hacer esto” y hasta que no estababa la verja candada, no nos íbamos. Incluso en la calle nos quedábamos más tiempo de charleta… Porque tenía carrete para dar y tomar.

Manel podía parecer alguien seco o con malas pulgas pero yo creo que era todo fachada, en el cuerpo a cuerpo era un gran tipo, un cascarrabias entrañable. El asunto es que no se casaba con nadie y no le importaba ir contra corriente. Él iba a muerte con sus ideas pero no era tan aterrador, todo lo contrario. “En este bar solo pincho yo o mis hijos. Nunca nadie más va a pinchar”. Una bravuconada como otra cualquiera. Al final me dejó pinchar aunque esa noche fue un desastre. No entró ni el Tato. O cuando ya se jubiló. (Ese fue el primer gran palo). El último fin de semana no quería que se anunciase de ninguna forma especial. “Es para que venga todo el mundo…” le decía yo. “Me da igual, que hagan lo que quieran, que hubieran venido antes, como si tengo el bar vacio… ya qué mas da”. Pues le salió el tiro por la culata porque lo tuvo lleno los dos días, como él merecía. Lleno de la gente que le apreciábamos y para los que significaba tanto ese local. Y creo que lo agradeció. Yo le vi contento, satisfecho, aunque jamás lo iba a reconocer.

Tenía salidas muy buenas… Una vez entró un tío con muy mala pinta y después de irse le comenté “Joder, qué miedo daba, parecía alguien poco recomendable…” y me contestó “Tranquilo, ese no vuelve a venir, con lo que le he cobrado por la consumición no se le ocurre”…


* Manel tapándose para no salir en la foto conmigo. Chachi de testigo.

Después de jubilarse quedamos alguna vez acompañados por nuestras mujeres, cuando no, nos encontrábamos por la calle paseando. Muchas veces le decía “Oye, que tocan estos o los otros. ¿Te vienes con nosotros?” Y me contestaba “No puedo, es lo que tienen los nietos…” No hacía más que presumir de nietos. Recuerdo que cada vez que podía enseñaba la foto de una niña muy guapa de ojos claros. Hacía un tiempo que no le veía pero nunca se olvidaba de felicitarme por whatsApp mi santo o el año nuevo. Cuando el otro día sonó el móvil y al otro lado estaba su hijo David en lugar de él, supe al instante que algo no iba bien y aún así, cuando me dio la noticia, me quedé sin reacción. No era capaz de asimilarlo. Todavía hoy no lo soy.

Llevo cuatro días desnortado, desamparado, sin poder quitármelo de la cabeza. En diciembre le dije “A ver si quedamos algún día” sin tener ni idea que andaba pachucho. Sin saber que no le iba a volver a ver… y sobre todo, sin saber que nunca más iba a volver a escuchar esa voz de motor averiado.

Descansa en paz Manel. Nunca te olvidaremos.

Texto y fotos: Santiago V.M.

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