Foto: skerikiakoli

Aquí va la parte final del artículo que empecé a publicar ayer. Si alguno no lo ha leído, puede hacerlo aquí.

Las consecuencias

    Clone Fashion

La proliferación de macroeventos que comenté antes ha ayudado a que se devalúe el concepto de “festival de música”: de ser eventos exclusivos y con una personalidad marcada han pasado a ser casi franquicias con carteles idénticos que se repiten semana tras semana por todas las esquinas del país. ¿Cómo se ha llegado a eso de que siempre toquen los mismos? Por un lado, una inversión económica tan fuerte impone que haya que programar siempre un grupo conel tirón suficiente como para atraer a un mínimo de público. Y a día de hoy no parece que sean tantos los artistas asentados cuyo caché sea asumible por los festivales: ya he hablado del caso de Glastonbury, donde la contratación de Jay Z casi conduce a la organización a la bancarrota. Con los grupos pequeños parece que tampoco se quiere dejar demasiado margen para el riesgo o la innovación: mejor completar el cartel con bandas que ya tienen un nombre –que generalmente han conseguido por haber tocado ya en muchos festivales durante la temporada anterior- o con grupos que acompañan al cabeza de cartel durante toda la gira. Las apuestas personales o los caprichos de la organización -el tipo de cosas que perfilaban el carácter de un festival- han quedado reducidos a la mínima expresión.

Encontrar decenas de festivales con carteles clónicos lleva a que al público le dé igual ir a uno que a otro. Y también deja de ser apetecible ir a varios festivales a lo largo del año: una vez que se ha estado en uno no parece atractivo ir a los demás a ver conciertos repetidos. Y tampoco termina de ser interesante el ir a ver el mismo cartel que ya viste el año anterior…

También he adelantado que la necesidad económica ha ayudado a que la publicidad se haya vuelto cada vez más invasiva dentro de los recintos festivaleros, hasta el punto de condicionar sus espacios y actividades. Y también aquí que se siguen unos patrones recurrentes, que se repiten más allá de géneros musicales y variaciones regionales.
Así, la inmensa mayoría de los festivales de los últimos veranos han estado patrocinados por más de una marca de bebidas: casi siempre una marca de cervezas, otra de bebidas energéticas, y a menudo una tercera que puede corresponder a alguna denominacion de origen vinícola o alguna bebida espirituosa; también tiene su espacio una marca de ropa de un estilo supuestamente afín -o eso intentan vender- a los sonidos predominantes en el festival; suelen estar omnipresentes las marcas de telefonía móvil… Puede entrar cualquier otro anunciante, pero los anteriores son prácticamente inevitables. La presencia de estos patrocinadores ya no se limita a una plaga de logotipos y a un stand publicitario, sino que suelen montar “saraos” en forma de juegos, sorteos o lo que sea que consiga implicar activamente al público asistente. La cosa es que ya se ha visto cómo azafatas de Jaggermeister, sorteos de Vans o competiciones de Guitar Hero pueden atraer tanta atención como conciertos del escenario principal. ¿Entonces, a qué estamos? Estamos en un punto en el que eventos con supuesta vocación alternativa se encuentra tanta o más publicidad que en los que no ocultan que su razón de ser es puramente comercial.


Foto: nosigaleyendo

También parece obligatorio encontrar en el recinto del festival algún tipo de actividad paralela que de alguna manera pueda enlazar con el supuesto espíritu de ese evento. Las plataformas para hacer puenting que se veían en la década de los noventa se han especializado y se han transformado en pistas de skate, norias, capillas de pega donde celebrar bodas express, campos de paintball
La homogeneización también ha calado entre las costumbres de los asistentes más allá de sus gustos musicales y su procedencia geográfica. ¿Síntomas de esto? Por poner un par de ejemplos, la hegemonía total en las zonas de acampada de la marca Quechua -y no solo en tiendas: sillas, neveras y colchonetas ahora también son iguales para todo el mundo- o el tema de los disfraces: en pocos años se ha pasado de que Vaca y Araña fueran prácticamente los únicos disfrazados en toda la geografía festivalera ibérica a que en todas partes haya una buena cantidad de gente de carnaval que, por desgracia, tampoco intentan ser demasiado originales. Porque, ¿en qué evento a día de hoy no hay al menos un individuo disfrazado de Bob Esponja?


Foto: mía.

El último apunte sobre la despersonalización viene a cuento de las caídas de cabezas de cartel. En los últimos meses ha sucedido en el BBKLive (con Amy Winehouse), en Sonisphere (Alice Cooper), en Azkena (Danzig)… No quiero pensar mal, supongo que esto viene dado por causas inevitables en las que la organización no puede actuar de otra manera. Sea como sea, llama la atención la facilidad con que se encuentra sustituto para los caídos sin que por ello varíe el precio de la entrada. Siguiendo esta filosofía uno empieza a pensar que, si realmente da igual pagar por un concierto que por otro, quizás tampoco pase nada por no pagar ninguno. Total, si va a ser lo mismo…

    Festivales sin cariño

Cuando en 2008 se anunció la primera edición del Rock in Rio de Arganda del Rey muchas voces se escandalizaron por lo que se veía como una vulgarización de lo que debía ser un festival de rock, ya que en su cartel conviven sin ningún pudor músicos con reputación de integridad a prueba de tsunamis (ejem) junto a otros considerados vulgares o simplemente vendidos. Y muchos de los asistentes no ven problema en esta mezcla, porque realmente están más interesados en vivir durante unas horas la utopía hiperconsumista en el efímero macrocentro comercial, que en limitarse a prestar atención a unos artistas separados del público por un foso infranqueable y a un volumen más bajo que en ningún otro concierto. Pero lo que nadie parecía advertir es que muchos eventos “alternativos” ya habían hecho suyos la mayoría de sus peores tics…

Sería estúpido caer en idealizaciones y en eso de que cualquier tiempo pasado fue mejor, pero sí que merece la pena volver la vista atrás para recordar qué fue lo que nos enamoró de los festivales de antaño. Vale, hasta hace no muchos años la precariedad reinante (sobre todo en cuanto a higiene, seguridad, infraestructuras…) solía ser más propia de un campo de refugiados birmano que de un espacio de diversión para jóvenes europeos de clase media. Y el circo que se montaba en torno a los conciertos era mucho más austero. Pero nos encontrábamos con carteles creados con mucho más mimo, programados con coherencia, con mucha menos paja y con líneas artísticas claras. Y menos masificado: se ha pasado de un modelo de festival segmentado, orientado a captar al público más fiel a un estilo, hacia un modelo de algo así como catch all festival, festivales que pretenden atraer a la mayor cantidad de gente posible, cueste lo que cueste. Las consecuencias que ha traído esto en algunos momentos han sido duras: mientras que la organización del Arenal Sound -celebrado hace un par de fines de semana en la localidad castellonense de Burriana- se felicita en su web por haber conseguido 42000 asistentes más que el año anterior (fuentes oficiales hablan de un total de 160000 este año), internet se llena de comentarios de indignados con la organización e incluso de grupos de personas que han decidido denunciar al festival por no haber ofrecido las infraestructuras minimas que exige la ley para un evento de este tipo.

Arenal Sound
Foto: www.laplanaldia.com

Por otro lado, el engorde de los carteles no se ha hecho de forma armónica, sino generalmente añadiendo pegotes en forma de grupos con tirón popular que normalmente no guardan ninguna relación con el supuesto espíritu del festival. ¿Pendulum en el escenario del FIB que hace años ocupaban Goldie o Roni Size? ¿Amaral por encima de Teenage Fanclub en la cabecera del cartel del Sonorama? No sé qué resulta más indigesto, si los carteles hechos sin ningún criterio que no sea el del dinero, o ver cómo festivales veteranos multiplican sus cifras de asistentes utilizando como reclamo una reputación que hace años dejaron de merecer.

Pero también es cierto que la gente que hoy llena los festivales es muy distinta que la que lo hizo hace diez o quince años. El relevo generacional se ha producido de manera natural, y buena parte del público que acude a los festivales en la actualidad carece de referencias sobre cómo funcionaban las cosas hace diez o quince años, y es más que posible que tampoco les interese en absoluto. Y eso es absolutamente respetable.

El modelo parece agotado a estas alturas, y no tiene pinta de que se vaya a poder mantener demasiadas temporadas tal y como lo conocemos en la actualidad. ¿Soluciones? No, no tengo ningún gran remedio. Pero lo más triste es que, tal y como he hecho en estos párrafos, se puede hablar de festivales durante páginas y páginas y en ningún momento hará falta hacer ninguna alusión a la música.

Las cosas están cambiando, está claro. Pero si esta transformación no lleva a que la música y el público recuperen el protagonismo, que no esperen que yo siga yendo por ahi.

4 Respuestas para “Festivales 2011: ¿se nos ha roto el juguete? (y II)”
  1. katuakupa dice:

    Gran reflexión que más de un organizador/promotor tendría que leer.

    Tal vez sean los caches que han subido demasiado, la facilidad de viajar para la gente de un país a otro para ir de festival en festival, tal vez la facilidad de compra de los abonos … todo eso que debería de hacer que subiera la competencia y la calidad de los festivales esta acabando con ellos.

    Mientras tanto tengo la ilusión que seguirán los festivales pequeños, sin demasiado nombre, sin demasiada publicidad dando oportunidad a bandas emergentes, festivales realizados a capricho por organizadores dónde se puede disfrutar.

  2. petros marinakis dice:

    Pues ni si ni no ni todo lo contrario, y te hablo como público y como organizador (agárrate que viene turra)

    Me acuerdo hace unos pocos años, estaba empezando el rollo este del internete y no lo tenía en casa ni dios, coger la guía de teléfono de burgos y marcar un número al azar de un pueblín llamada Villafruela para que me pusieran en contacto con alguno de los organizadores de un festival llamado “Páramo Rock”, para que nos informasen de como iba el festival de ese año; recuerdo acampar en una chopera, y pasarlo de puta madre, en ese minúsculo festival tocaron gente del pelaje de enemigos, dover, niños mutantes, dr. explosion, sexy sadie… y a mi me encantaba, lo recuerdo con muchísimo cariño. De ahí a considerar esa situación mejor que la actual proliferación de festivales media un abismo, bendita proliferación, siempre es mejor tener donde elegir aunque la consecuencia haya sido que haya ponzofestivales como…. hasta ahí puedo leer. Mire usted si eramos raros (y jovenes) que estuvimos a punto de ir a una de las ediciones del FIB en bicicleta por aquello de que se celebraba en el Velódromo, y no nos pilla precisamente cerca…

    Que los carteles se repiten? Claro, pero algo tendrá el agua cuando la bendicen. Desde luego que no puedes programar carteles clónicos, pero al final es inevitable coincidir en grupos, te puedo asegurar que por mucho que lo intentes entre que hay n+1 festivales y que la oferta de grupos no es tan grande como parece se coincide si o si en un porcentaje alto. Luego está el tema de pagar la fiesta, y te hablo de primera mano. Recuerdo un Ebrovisión con un cartel chulísimo, tan apetecible para el público como arriesgado para los organizadores, y si, los conciertos buenísimos, pero acabó tocando Paganini y nos costó recuperarnos un tiempo, así que al final es inevitable tirar de grupos que arrastren gente independientemente de que gusten más o menos o se repitan en otros festivales. A este respecto creo que huelgan decir nada más con respecto a los patrocinadores, échame pan y llámame perro, a más presupuesto mejores servicios y mejor cartel puedo ofrecer al público, yo desde luego lo tengo clarísimo (si hasta el athletic lleva Petronor!!!)

    Que se caigan grupos de los carteles yo creo que solo puede ser visto como una putada hacia la organización. A nosotros hasta ahora solo nos han dejado tirados una vez (me reservo el nombre de la banda) y recuerdo que a mi personalmente por las formas y el momento me sentó como una patada en los cojones. Se te cae una banda con entradas vendidas, y qué haces? poner un precio nuevo? y a la gente que ha comprado le devuelves parte del precio del abono? no es factible, yo desde luego lo veo como un putadón si o si, y toco madera para que no se nos dé el caso.

    Y si, me temo que el modelo se está agotando, o cambiando muchísimo más de lo que nos gustaría, nos hacemos viejunos, ay….

    Un saludo, si se acerca usted por Ebrovisión este año le invito a una copa, o dos… 😀

  3. Stoner dice:

    me puedes invitar a mí… no se si me/nos conocemos…

  4.  
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