Foto: Daniel Martínez

La visita de John Cale a Santander el pasado jueves 1 de febrero así lo confirma.

Por la región han pasado en los dos o tres últimos años artistas o grupos de la talla de Kid Lightning (Dave Gibbs), Gary Louris, Ken Stringfellow, TSOOL, The Wedding Present, Marah, Nikki Sudden, Dayna Kurtz, Elliott Murphy, Jethro Tull, Bruce Springsteen, Primal Scream, Sonic Youth, Chemical Brothers, Pet Shop Boys, o Piano Magic entre otros. Además, también nos han visitado los grupos nacionales de más rabiosa actualidad (Sidonie, La Habitación Roja, Deluxe, Manta Ray, El Columpio Asesino, The Sunday Drivers… etc).

Son solo unos ejemplos, pero es un listado muy gráfico del cambio que estamos viviendo de un tiempo a esta parte. Esta vez, Last Tour nos ha traído a John Cale que era el encargado de abrir las actividades escénicas programadas por la Obra Social y Cultural de Caja Cantabria. El concierto estaba enmarcado dentro de la gira Circus Live con la que el músico galés está repasando sus cuarenta años de carrera.

Sobre las 20:40 horas, con el Teatro Modesto Tapia completamente lleno salía un hombre con barba. Desde lejos parecía estar entre los treinta y los cuarenta. Saludó, y de una manera bastante solemne y un tanto inquietante lanzó tres mensajes muy claros a los allí presentes. Primero, prohibido fumar por el bien de la laringe de John (prohibición que daba por sabida por el sitio donde nos encontrábamos), segundo y como es lógico apagar los móviles. Por último ni un solo flash ni una sola foto tirada a escondidas con un móvil o similar. Si eso ocurría, el artista dejaba de tocar en ese momento. Sonó tan firme que por un momento pensé que me iba a dar tiempo a ver a The Yayhoos que tocaban a las 22:00 en Liérganes. Parece que la gente captó el mensaje y la cosa se prolongó durante una hora y cuarenta minutos.

Cuando el “mensajero del terror” se retiró, empezó a sonar una “intro” totalmente noise, rallante y atronadora… después de unos cinco minutos, salieron el músico y su banda… el primer tema fue batante estrambótico, unos ritmos minimalistas, cuadrados, monocordes, daban paso a una voz filtrada cavernosa y fantasmal, rescatada del fondo de una cloaca… bastante grotesca. Tengo que reconocer que el miedo de que la tocata continuara por esos derroteros se apoderó de mí. Afortunadamente hizo un recorrido musical variado pero más o menos digerible.

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Foto: Daniel Martínez

Tras otro tema con John a los teclados empalmaron una serie bastante eléctrica. Rock poderoso, pétreo, ejecutado a la perfección. Los acompañantes eran de verdadera enjundia. Joseph Karnes (contrabajo y bajo eléctrico y teclados), Dustin Boyer (guitarra eléctrica y acústica), y Michael Jerome (batería y caja) eran los fieles escuderos de un Cale que se repartía los instrumentos según la canción. La calidad era palpable, hicieron un show redondo, homogéneo, sin una sola fisura, ni un solo error. Todo empastaba de manera natural, la sobriedad que transmitía la música, se apoyaba y complementaba perfectamente con unas luces sencillas pero efectivas. Cuatro focos en lo alto iluminaban de arriba abajo sobre un telón blanco. Tonos relajantes, azules, rosas, granates, el fondo idóneo para el teatro que además contó con un sonido a la altura de lo que la cita requería.


Foto: Daniel Martínez

Supongo que con músicos así hacer un mal concierto sea muy difícil, seguramente imposible. Grandes profesionales todos, aunque había una fuerza superior que llevaba mi mirada hacía el sensacional Michael Jerome… daba la impresión de que el mundo giraba alrededor de sus manos en cada movimiento, tocaba como un zurdo, como un diestro, hacía lo que se le ponía de las baquetas. El tiempo de todas las canciones era interpretado de manera magistral por el batería. Como los buenos, lo hacía sin mover la figura, los hombros rectos, las mirada fija, solo se mueven las muñecas y los pies. Tiene localizado mentalmente cada centímetro de los surcos de sus platos, cambia los ritmos casi de puntillas, ligero, certero, camaleónico, ¡todo un hallazgo!.

Tras esto, vino una parte más densa, con John Cale de nuevo a los teclados, retomando ese lado más experimental… poco después un mini set acústico de unas tres canciones para que no faltara de nada.

Cuando el final se iba acercando, el duende de las mechas pelirrojas cogió el violín y rescató el Venus in furs de la Velvet Underground. El salón se convirtió en una caldera, el sonido de las cuerdas totalmente corrosivo, hiriente, es imposible que no se revuelva algo en tus intestinos… ambiente cargado y un viaje totalmente narcótico… cuerpo y mente abandonados a la belleza de lo “no bello”. Momento histórico hasta para los no excesivamente fanáticos.

Poco después la banda cerraba la actuación con una estupenda revisión del Pablo Picasso de los Modern Lovers.

La gente pidió los bises de manera unánime, algunos puestos en pié (a otras no les hacía falta ya que llevaban todo el concierto bailando en uno de los laterales). John Cale sale y nos regala al teclado una pieza desnuda e íntima. Diría que fue la vaporosa Gravel Drive de su último álbum Black acetate pero no estoy seguro. Despedida y cierre y otra leyenda que pasa por nuestras tierras.

Una respuesta para “Estamos en el mapa”
  1. Stoner dice:

    La verdad es que el principio es muy parecido al de Redd Kross, je, je.

    Vaya chocho que llevo para colgarlo

  2.  
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