El pasado viernes 1 de junio, la sala Picos de Liérganes celebraba su cuarenta cumpleaños. Casi nada.
A la entrada del templo de madera y piedra, dos WC portátiles anticipaban una noche diferente. Estaban a pie de puerta, como la Guardia Real inglesa. Contando con los dos de dentro, parece que las necesidades más básicas estaban cubiertas, incluso si hubiera habido mucha gente, que no fue tal.


El bar estaba distinto a cuando había actuación e imagino que igual que siempre que no la hay. Había mesas, sillas, una gran pantalla… Al fondo, donde normalmente la sala parece acabar, esta vez se dilataba. Tras un pequeño descansillo, luces, una barra, algo de gente… yo sabía que era eso, pero en ese momento parecía un espejo, una visión, la puerta atrás que nunca se cruzó. Enfilamos el camino por la rampa metálica por donde habrían transportado el equipo, era como entrar en un pequeño paraíso al aire libre, con hierba en el piso y piedra incesante rodeándonos. Daba cierto placer descubrir un rincón para conciertos al que no se tiene acceso habitualmente. Era como pasar al jardín del Club de Golf, al cuarto donde los gangsters de las películas traman sus asuntos más delicados. Esto unido a que no había mucha gente, le daba un aire más selecto todavía. Estábamos, a juzgar por lo que vimos después, en el selecto club de los barbudos. Entre los dos grupos que tocaron la mitad la usaba, teniendo en cuenta que había una chica de por medio, es un número bien alto.
Más allá de sus melenas, barbas o pelos en general, el privilegio estaba en ver en ese pequeño patio y sin ningún problema de espacio, a esas dos bandas. A pesar del frío, la poca luz y la sensación de que cuarenta años merecían más público, fue una noche agradable, sin duda.

Los Amigos Imaginarios subían al escenario a las 22.20 horas, pedían al personal que se acercasen más y trataban de vencer los obstáculos citados anteriormente. A base de buenas canciones, calentadas a fuego lento, iba haciéndose la luz.

Canciones como Dulce nada nos dejaban navegando en su infinita melancolía, como un barco de papel en medio de un mar en calma. A la deriva de esos cantos de sirena, resignados delante del algo tan triste como bello. “Ya no pienso en ser feliz, ya no pienso en ser feliz, ¿por qué este empeño en seguir?”. Los coros de Ester Rodríguez parecen las notas a pie de página de los libros, los post-it de la nevera… son tan medidos, tan precisos, tan necesarios… Cada vez que la chica daba la réplica subía la marea, el barco se iba empapando poco a poco, estábamos con la guardia baja, sin protección… sin fuerzas para seguir hasta la orilla.

Santi Campos y el resto de la banda, conseguían convertir el papel en hierro y el público se hacía fuerte con Donde yo solía vivir y ese aire festivo que necesitaba la ocasión. El barco de papel era ahora un acorazado. Con Cuestión de edad descubrimos el verdadero potencial de la banda. En medio de esa semioscuridad que gobernaba el jardín, la canción creció perfecta, llenando el tema paulatinamente hasta que los arrebatos eléctricos cuadraron un final machacón, chirriante y catártico. Hay que reconocer que manejan los “tiempos” a la perfección. Enlazaron pasado y futuro con clásicos como De qué sirve y hits en potencia como Disco del mes que presentaron como adelanto de nuevo álbum “El maestro de Houdini”. Se despidieron con The Weight (The Band) y como en el pasado Juvecant, demostraron solidez, equilibrio y gran compenetración. Folk-rock americano, pop, pinceladas de jazz, cabaret… y todo ello, en la lengua de Cervantes.

Llegó el turno después de Centro-Matic. Una de las apuestas más firmes del sello barcelonés Houston Party Records. Una banda en estado de gracia, como lo demuestran sus recientes Fort Recovery, Opertion Motorcide, o Distance and Clime y Love You Just The Same, más lejanos en el tiempo.

Parece claro que son los siguientes en seguir la estela de bandas de rock americano que han triunfado en nuestro país. Grupos como Drive By Truckers, Cracker o Marah. Yo creo que estos, todavía pueden ser más grandes. Además, no se me parecen a los anteriores. Es algo diferente, más elaborado, más profundo, y por momentos, totalmente emotivo.

Quien fue con la idea de ver algo clásico, se equivocó y seguramente quien se pensara que era un grupo para cortarse las venas, también. No fue ni vitamínico, ni decadente. Fue una demostración de música que brota sin el menor esfuerzo, que conecta de manera sencilla y efectiva. Flashes and cables o Atlanta hacen que el mundo te parezca maravilloso. El magnetismo de Biology tricks logra que te enganches a la música irremediablemente, consigue que persigas el final a la par que la canción se escapa en la voz de Will Johnson. Con Supercar el tiempo se detuvo, el mundo calló y la voz de Will sonó de una manera tan hechizante, tan doliente, que uno solo podía estremecerse. En ese instante no había ninguna barrera posible, el lenguaje era lo de menos. El cantante parecía haber cosido sus labios con un hilo de sutura invisible, el hilo tiraba de ellos a voluntad cuando la intensidad del tema lo requería, entonaba como quería, su voz era elástica como un chicle. Se me encoge el corazón solo de recordarlo.

También tuvieron sus momentos de furor, las tablas que había debajo de la batería de Matt Pence vibraban sin descanso. Mark Hedman le daba a las cuatro cuerdas con toda la mano y parte del brazo. Scott Danbom lo mismo hacía coros, que tocaba la guitarra, el bajo o el teclado. Incluso un violín quiso participar de la fiesta. Tras una hora de actuación, la gente pidió unánimemente los bises. El final, fue bastante divertido, un histriónico y desatado W. J. presentaba a la banda con un fondo propio de un music hall cachondo e irreverente.

No dio para más, los americanos se mostraron agradecidos en todo momento, y tuvieron el detalle de pedir un aplauso para Los Amigos Imaginarios. El público salía contento y relajado. Han pasado cuarenta años y la oferta musical en Cantabria está más viva que nunca. Por lo que cuentan al día siguiente Chick-Tones y Los Del Tonos ofrecieron otro gran espectáculo, al calor esta vez, de más gente. No hay como jugar en casa.

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